Estados Unidos se aferra al mal menor

Del mal, el menos. Esa parece ser la lectura mayoritaria desde el progresismo de los todavía inconclusos resultados de las elecciones de “medio periodo” en Estados Unidos. Se esperaba un tornado republicano y los números apuntan a que no ha sido para tanto. El Senado se va a jugar a cara o cruz con leve ventaja para los demócratas, y aunque la Cámara de representantes tenga toda la pinta de caer del lado (requete)conservador, será por una diferencia menor que la inicialmente prevista, o sea, temida. Y ahí nos encontramos con una duda: ¿han vuelto a fallar estrepitosamente las previsiones o han sido los calamitosos pronósticos los que han provocado la movilización masiva contra el trumpismo y el postrumpismo? Ciertamente, y a la vista de fiascos anteriores, me inclino por lo primero. Los sondeos –y, con ellos, los sesudos analistas– han vuelto a meter la pata. Por eso mismo, me tentaría las ropas antes de comprar sus vaticinios para el futuro.

Debilidad

Respetando infinitamente a los muy buenos y muy documentados expertos en la materia, creo que no hace falta tener grandes conocimientos para extraer las enseñanzas obvias de estos comicios. La primera es que celebrar no haber sido víctimas de la apisonadora es el reconocimiento inequívoco de la debilidad. La segunda, a pesar de los titulares voluntaristas, es que Trump no está políticamente muerto. Pero es que, incluso aunque lo estuviera, sus partidarios están vivos y coleando. Recuérdese que tras la derrota del patán del pelo naranja en 2020, se dio por hecho la disolución de su populismo cuasifascista como un azucarillo. No ha sido así. Y, desde luego, lo que también está lejos de pasar es la vuelta a un republicanismo civilizado. Más que nada, porque tal cosa jamás ha existido. Piensen en Bush hijo y padre, en Ronald Reagan o en Richard Nixon.

¿Y Kamala Harris?

Así que alivio, pero no tanto. Menos, si nos fijamos en lo que hay al otro lado. Desde su elección, Joe Biden ha demostrado ser lo que parecía: un señor que no está en condiciones de liderar una de las potencias planetarias. No digo ya condiciones políticas sino puramente físicas. Se me escapa cómo es posible que le dejen protagonizar espectáculos que van del bochorno a la pena infinita, como mandar saludos a personas que llevan meses muertas a proclamar que su hijo murió en Irak, cuando lo hizo en Maryland a consecuencia de un cáncer cerebral. ¿Y su rutilante vicepresidenta, Kamala Harris, llamada a tomar el relevo por estas fechas? Desaparecida en combate desde hace meses. Así están las cosas.

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