El sentido de las tradiciones

Llevamos semanas enlazando fiestas y festivos que acaban con Sant Sebastià. Debo confesar, serán las raíces pobleres, que soy más devoto de Sant Antoni que es la que para mí cierra este largo período festivo. No hay un Sant Antoni mejor que otro, cada uno de nosotros tiene el de su pueblo o aquel donde se siente más vinculado. Es, sin duda, la celebración más intensa de Mallorca pues se extiende de norte a sur y se asienta en rituales ancestrales que mantenemos. Esta ha sido y es una de las cuestiones que han suscitado cierta polémica: el contenido y los destinatarios de la celebración. No podemos dudar que todo muta y se adapta pero que debería sustentarse sobre lo que siempre ha caracterizado a la fiesta. Lo basilar e inmutable es algo que nos debería preocupar y no solo en cuanto a folclore (que también nos demuestra que hay cosas que son innegociables e inamovibles).

Algunos verán en esta afirmación trazos de excesiva nostalgia y falta de evolución, pero sigo pensando que lo que da carácter a algo es lo que lo identifica y distingue. Si además hemos conseguido prolongarlo a lo largo de los siglos llega a adoptar toques mágicos. Por desgracia queda poco del fervor religioso que fue el origen y motivo de la celebración, pero me gustaría pensar que por respeto a nuestros antepasados todavía se puede mantener algo de esa fe que movió a la sociedad balear de antaño. Sí me preocupa que nuestras fiestas se conviertan en una excusa para los excesos alcohólicos que, por desgracia, derivan en otros actos contra las personas o las cosas que como sociedad tenemos la obligación de no tolerar y perseguir. Nuestro Sant Antoni protector acompañó la semana pasada a Rafael Perera de quien mucho y con tino ya se ha escrito.

Suscribo las loanzas y perfiles y destaco ahora lo afirmado por una de las plumas más punzantes de estas islas: no deja herederos jurídicos. Lo creo porque su manera de entender la abogacía, la justicia y el ejercicio del derecho que él y otros practicaron forman parte de una época y unos valores que han desaparecido. Se nos va pues un amigo y testimonio de algo que se diluye y que por desgracia coge peores derroteros. Quedan, por desgracia, pocos abogados de una época de la que debería, como en las tradiciones, permanecer lo mejor y lo que debe ser un referente. Espero que el paso del tiempo no me impida encontrarme con algún compañero de padre –todavía queda algún veterano con más de cinco décadas de abogacía– para que desde su experiencia pueda contar parte de lo que no debemos olvidar. Eso es la tradición y son las personas las que la edifican, conservan y transmiten. Esta sociedad líquida y efímera es un peligro para una existencia plena y lo demuestran tantas noticias que lamentamos o no comprendemos. Podemos engañarnos o dejar que el fuego nos purifique.

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