El otoño

Llega el otoño y, quien más quien menos, recordará haber escrito alguna vez que las hojas caen de los árboles. No sé si todavía siguen haciéndose redacciones en los colegios, supongo que sí (¿y dictados?, tampoco lo sé) pero siempre caía en aquellos tiempos una redacción sobre el otoño, cuando dábamos por hecho que empezaba el 21 de septiembre y no el 23 y describíamos el tiempo en hojas rayadas o cuadriculadas. Lo primero que se nos quedaba del otoño es que se caían las hojas de los árboles y, a veces, las veíamos ya en el suelo; incluso –con un poco de suerte– llegábamos a verlas en el momento mismo de caer. El otoño, coincidiendo con la vuelta al colegio, era también tiempo de zapatos nuevos. Cualquier mínimo detalle te lleva al pasado y a rebuscar en éste; incluso que empiece el otoño, que es algo que sucede cada año. Recordar es un poco como releer. Ahora que se escriben y publican tantas novelas parece buen momento para releer. Es todo una ceremonia. Todo empieza por dar con el motivo para releer; después, mirar entre la hilera de libros si está el que buscas (hay algunos libros que desaparecen una vez leídos por primera vez y otros a los que se le va haciendo tan pequeña la letra que nunca puedes volver a leerlos). Releer es volver a un camino por el que ya pasaste. Y pueden suceder varias cosas: que sólo recuerdes detalles secundarios; que vuelvas a sorprendente por lo mismo que la primera vez; que des con atajos que no habías visto; que aminores la marcha en tramos por los que pasaste rápido o que el camino te resulte nuevo, como si nunca lo hubieras recorrido. El otoño invita a la relectura. El otoño mismo es una relectura. A cierta edad, me dijo una vez un buen amigo al que siempre consideré mi ácrata de cabecera, sólo puedes releer. No soy tan radical pero parte de razón llevaba. Releer es, a veces, descubrir. También el otoño. Y en otoño.

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