Cádiz cree en la Magna

Con fe ciega, la ciudad y sus miles de visitantes no dudaron este sábado en acudir a la llamada del que se presumía como un evento histórico para el sentir cofrade. El mensaje de la Magna corría, como una buena nueva, de boca en boca entre los más y los menos fieles desde hace semanas. “Va a ser un día grande”, se repetía. “Cádiz no ha visto otra igual”, se advertía. “Diecisiete pasos en la calle es todo un acontecimiento”, se insistía. Y Cádiz escuchó y, como suele ocurrir cuando se unen muchas voluntades, el milagro ocurrió. La Magna rebosó calles y plazas; terrazas y veladores. Llegaron los autobuses, las bandas de música y los amigos de un sitio y de otro. Se colmató pronto el cupo de sillas y la gente, como siempre, improvisó con los taburetes y las de playa, tan a mano todavía. Salieron los niños, y los pirulís de La Habana; salieron los mayores, con los taca-taca como inmejorables tribunas en ninguna parte; salieron los cofrades con sus mejores galas y salieron los demás como les dio la gana. El caso es que Cádiz creyó. Y la Magna, respondió.

De septiembre se hizo abril (y no pocos hicieron su agosto) durante un 17 de septiembre donde el astro rey brilló pero sin excederse en sus esfuerzos. Es decir, la caló no estropeó. También la hora, seis y cuarto de la tarde, era bastante propicia para que los cargadores de las cofradías que formaron parte del desfile procesional pudieran hacer el (¿quizás algo corto?) recorrido oficial sin excesivos problemas. Ya en los caminos de vuelta, de diferente duración pues todos partían desde el final del trayecto en la plaza de San Agustín, cada uno se recreó lo que quiso e hizo lo que pudo para agradar a un público numerosísimo pero que, al fin, se dividía un poco más dejando los centros neurálgicos de la Magna algo más despejados.



Nos referimos a la propia plaza de la Catedral, San Juan de Dios y la impracticable San Agustín. Pocos días se recuerdan, de hecho, que hayan dejado esta plaza de la seo gaditana tan colmada. Y es de justicia puesto que, en realidad, a ella, a la Catedral de Cádiz, se rendía homenaje con esta solemne Procesión Magna que ha organizado el Consejo de Hermandades y Cofradías de Cádiz para celebrar los 300 años del inicio de su construcción.

San Juan de Dios no cumplía efemérides, no, pero tampoco cabía un alma (fervorosa o no) en la plaza del Ayuntamiento donde la mayoría de las familias con niños pequeños optaron por seguir el desfile procesional. Bien lo sabían los vendedores ambulantes de globos, chucherías (y hasta algún latero suelto) que optaron por instalarse por esta céntrica plaza. También, dicho sea de paso, se apoltronaron en San Juan de Dios muchos de los que acompañaban su interés cofrade con algún espirituoso. Y es que si en Catedral, punto de salida de los pasos de misterio, los bares no pudieron instalar la mayoría de sus terrazas, en la plaza del Consistorio no quedó silla de bar sin ocupar.

Entre estos centros de concentración popular, el recorrido oficial (Pelota, Nueva, San Francisco hasta desembocar en San Agustín, ocupada, prácticamente por los miembros de las bandas de música que esperaban a las cofradías para emprender el animado camino de regreso al templo) se atisbaba desde las bocacalles, con el público buscándose la vida (sin desesperación, con mucha alegría) para atisbar sus imágenes predilectas al paso.

¿Estampas bonitas? Incontables. ¿Composiciones inéditas? Me faltan manos. Desde las cinco cruces desafiando San Juan de Dios (coincidiendo el Perdón, el Cristo de la Misericordia y la Expiración), al guiño de la Cigarrera –en forma de apunte de mecido– a la muchedumbre que se agolpaba en la esquina de Valenzuela con San Francisco, pasando por El Mesías de Haëndel en las voces de la coral Virelay y con el acompañamiento musical de la Orquesta Barroca de Cádiz cuando el Resucitado se colocaba ya en la puerta de la Catedral para dar inicio a las postrimerías del recorrido oficial de esta Magna de Cádiz 2022.

Y es que fueron las voces de Virelay y las melodías interpretadas por la orquesta gaditana las que arroparon la salida de cada paso procesional después de la meditación que daba el sentido fervoroso a este desfile procesional dispuesto casi como un via crucis; es decir, mostrando la Pasión no como la vemos en Semana Santa sino siguiendo siendo el orden de la narración evangélica. Salió primero El Prendimiento y todo acabó con el Resucitado.

Entre uno y otro, las hechuras inconfundibles del Medinaceli descendiendo por la rampa de la Catedral; el manto sin igual del Ecce-Homo que sumaba dos atractivos más como el estreno de la figura de Claudia Procula y la guardia del escuadrón romano que precedía al paso; el cielo que se oscurece, la noche que se despereza, mientras Piedad avanza para tocar el suelo de la plaza de la Catedral; el Regidor Perpetuo de Cádiz, Jesús Nazareno, momentos antes encendiendo la tarde con sus faroles a su paso por San Juan de Dios; el Nazareno del Amor con la suerte de Cádiz Cofrade interpretada por la Banda de música Filarmónica de Conil

Como ya se sabía, la formación conileña fue una de las tres bandas que formaron parte únicamente del recorrido oficial de la procesión Magna. Rosario, la primera, abrió de hecho esta cita con la religiosidad popular con un emocionante réquiem en homenaje al compositor Bienvenido Puelles, que murió hace poco más de un mes. Y cerraba el cortejo la Banda de música de la Cruz Roja, de Sevilla, que también ha dejado una buena impronta entre la ciudadanía gaditana.

Eso sí, al término del periplo marcado como oficial, otras numerosas bandas de prestigio procedentes de diferentes puntos de Andalucía llevaron en volandas a los diferentes misterios de vuelta a casa ya entrada la noche.

De hecho, muchos de los miembros de las bandas, antes de pasar al más claustrofóbico ambiente de San Agustín, tomaban fuerzas en la avenida 4 de diciembre, que se erigía como un lugar más amable no sólo para estar sino (y sobre todo) para transitar libremente. Afortunadamente, mientras iba avanzando la tarde y las cofradías iban en busca del retorno, las miles de personas que se agolpaban en las plazas se fueron dispersando en busca de sus imágenes favoritas haciendo más fácil la vida a los que decidieron ver a todas las cofradías en el recorrido oficial.

A muchas de las segundas cuadrillas de cargadores también se las pudo ver por esta avenida ya que el relevo de la mayoría de ellas se estableció en la esquina de Cristóbal Colón con Nueva. Nerviosos y con ganas. Felices y expectantes. Así estaban los hombres y los chavales (mucha juventud) que se metían bajo el paso para cargar en sus hombros con el patrimonio cofrade de Cádiz. Y qué mejor que honrarlo con ese otro importante patrimonio cultural de la Semana Santa gaditana, su forma de carga, el hombro y la horquilla.

“Oye, pues sí que son bonitas estas callecitas de Cádiz”… Una pareja foránea sale de una de las bocacalles de Nueva. Se iban pero se topan con el Cristo de la Salud de Cigarreras que va de regreso, empujado por la banda, entre mecidos y requiebros. “Qué bonito, mi amor”. Sí, cierto, qué bonito cuando se cree que es posible.

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